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Fútbol en la cuna del teatro madrileño

Hay tradiciones que jamás deberían terminar. Un ejemplo claro es la Casa Maravillas, mítico local de Malasaña que no solo comparte apellido con su vecino el Teatro Maravillas, sino que guarda el mismo espíritu y la misma esencia que la sala de espectáculos.

La taberna, acomodada en una zona privilegiada de Madrid (calle Manuela Malasaña), además de historias de teatro, también guarda recuerdos de los mejores partidos de fútbol. Y los que quedan.

Reducto de artistas

Los bares dedicados al fútbol siempre nos han gustado. Tienen una naturaleza única que se percibe en el ambiente, que se construye en noches de partido. Sin embargo, hay otros espacios que, si bien hacen gala del mejor balompié con aficionados de toda la vida, también comparten otras mucha disciplinas, convirtiendo el local en un crisol de pasiones.

En la Casa Maravillas se reúnen amantes del teatro antes y después de cada función. Allí acuden con la emoción especial que, al igual que en tardes de fútbol, recorre el cuerpo como un torbellino antes de entrar en un teatro. Una sensación de misterio, de duda, de ilusión. Nace en la Casa Maravillas y se materializa con la primera escena, ya sobre las tablas. El local también es la estación de repostaje de algunos de los actores que representan funciones en el teatro Maravillas, siempre enfrascados en conversaciones interesantes. ¿Por qué no compartir ambiente con los grandes intérpretes del país?

Un viaje al pasado

Casa Maravillas es uno de los bares con más personalidad de Madrid. Antaño fue ocupado por otros viejos rockeros como Casa Núñez, La Cepa de Oro o Bar Bremen; pero desde 1979, a pesar de sus reconversiones, no ha cambiado de filosofía: Casa Maravillas sigue al pie del cañón desde entonces sin dejar de enamorar con sus encantos de siempre.

Forrado en madera, adquiere la personalidad de una taberna de mediados de siglo, con mensajes que vaticinan un viaje al pasado: el letrero de la entrada recibe al personal con un “Casa maravillas: gaseosas y jarabes”, anunciando el espíritu romántico del local.  Y es que, como si de una tienda de nostalgia se tratase, esta especie de museo con aroma a cerveza sumerge a sus visitantes en un recuerdo permanente con el despliegue de multitud de objetos variopintos con solera, con historia, instalados en la autenticidad. Una de las joyas de la corona es su máquina registradora antigua, tratada como una reliquia tras la barra. En esta línea, tampoco se olvidan las grandes gestas publicitarias de aquella época a través de bellos carteles conmemorativos, desde anuncios de bebidas de entonces hasta recuerdos futbolísticos.

El local guarda la impronta de bar castizo, de taberna de barrio de siempre, pero añade algunas características de pub inglés y, cómo no, el glamour de quien comparte calle con uno de los teatros más emblemáticos de la capital. En la carta, además de todo tipo de cervezas y vinos, la cocina está lista para servir desayunos, comidas y cenas, con el concepto de las raciones y el tapeo como bandera. Antes del teatro y en pleno partido, nunca está de más llamar al camarero para que las emociones no pillen con el estómago vacío.

Aunque el teatro es su mejor aliado, el fútbol le acompaña muy de cerca en materia de pasiones. Para empezar, cuenta con dos grandes pantallas que ofrecen visión de los partidos a todo el local, sin fallar en ningún ángulo. Le sigue la forja de un ambiente 100% futbolero en cada jornada, gracias a un gran espacio disponible y la concentración de aficionados que buscan la victoria cada fin de semana.

No obstante, en este caso, la atmósfera de fútbol se sirve de materiales más sofisticados: las pinceladas de la cultura teatral, la pasión por las tablas y la las letras, y la buena bebida, la mejor comida y los debates vehementes. En conjunto, las tardes de fútbol suben de nivel y bucean en un ir y venir de eruditos, turistas y futboleros que gozan con la cultura y el deporte rey de la misma manera.